En Cuernavaca está el Palacio de Cortés y los frescos de Rivera, los frescos mexicano-filipinos de la Catedral y el museo Brady, el zócalo siempre animado con su quiosco de milagrosos jugos de frutas, y el mercado municipal. No se lo pierda. Aunque no tenga cosas qué comprar ni aparezca en su guía. Si los zocos magrebíes nos fascinan por el eco laberíntico de mil y una noches que poseen, si los mercados indígenas de Centroamérica o de Los Andes nos atraen por sus colores, el mercado municipal de Cuernavaca es una combinación variopinta de tianguis, feria de artesanos, centro comercial, zona franca, laberinto, corte de milagros y unas cuántas cosas más. Por lo demás es un lugar donde la inocencia rural sobrevive en medio de la modernidad agresiva. Cuernavaca es una ciudad de contrastes ruidosa y sofocada por la circulación : El mercado la refleja. México, el de hoy, el de siempre, palpita allí. Como el mercado tiene varios niveles, todo es subir y bajar bajo la inmensa bóveda, a veces improvisada con toldos, entre el ajetreo de cargadores y parroquianos, desocupados e intermediarios, marchantas, mendigos y mercaderes, indígenas y campesinos, sin dejar de respirar el aroma de maíz cocido en los comales de los numerosos comederos, aturdido por las canciones contaminantes de los puestos de música pirata que, a punta de decibeles, se libran un combate singular y entre los cuales, justo en el medio, una indígena sentada en el suelo trata de vender un manojo de yerbabuena. Más allá un yerbatero exhibe su mercancía junto al puesto del material informático más moderno, y elviejo vendedor de piedras medicinales se instala con su carga de azufre entre un puesto de bolsos plásticos « made in China » y una ferretería que exhala un fuerte olor a óxido y a tuberías usadas. Hacia el fondo en el sector donde se agrupan los vendedores de ropa, hay tanta prenda colgada que por la imposibilidad de distinguir los pasillos de los locales, no es de extrañar una sensación de ahogo al deambular por esta jungla de camisetas y pantalones de toda talla. Si le queda un quinto sentido por saturar, nada más fácil : unas quesadillas de huitlacoche preparadas con destreza milenaria y acompañadas con salsa roja cerrarán con broche de oro la visita.
Noviembre
05