Julio
06
Me la he pasado de blogs esta noche. A partir de uno de mis preferidos:
Dostospos, donde se encuentran muchísimas cosas interesantes acerca de la literatura, y es una verdadera mina llena de vetas para los que quieran explorar la escritura. Este blog, me ha hecho cuestionarme acerca del egocentrismo del mío, donde sólo cuelgo mis escritos. Así que esta noche voy a poner algo que me encontré entre mis papeles : son los derechos imprescriptibles del lector de Daniel Pennac.
1. El derecho a no leer.
2. El derecho a saltar páginas.
3. El derecho a no terminar un libro
4. El derecho de volver a leer.
5. El derecho a leer cualquier cosa.
6. El derecho al bovarysmo (enfermedad textualmente transmisible)
7. El derecho de leer en cualquier parte.
8. El derecho de « mariposear» (ir de libro en libro como las abejas)
9. el derecho a leer en voz alta.
10. el derecho de callarnos.
Y recomiendo dos bitácoras, de la misma fuente :
una donde se encuentran lindos relatos.
Y
esta otra que explora la literatura desde puntos de vista muy originales.
Julio
05
Aquel que ha perdido el uso cotidiano de su idioma por vivir en el extranjero, condenado, incluso, a precisar en el diccionario el significado de alguna palabra que otrora le fue familiar, obligado a preguntar el sentido del argot más reciente, expuesto a sacar en medio de una discusión un término entrado en desuso, pues bien, trata de recuperar tan grande pérdida a través del goce minúsculo y acaso, egoísta, de descubrir en sus lecturas y viajes por la red, las novedades del lenguaje de sus contemporáneos.
(Más)
Diciembre
11
Para quien vive lejos de su país, las novelas donde logra revivir su historia, reconocerse en su idioma y penetrar en sus paisajes son un bálsamo bendito aplicado a la herida donde cuecen para siempre las nostalgias. La novela « Ursúa » de William Ospina es una de ellas. Me ha acompañado estas últimas semanas, un poco cada día, para retardar la llegada a la palabra fin. Una novela que hubiera querido escribir como todo libro que a uno le gusta. En Colombia la gesta de la Conquista ha sido poco abordada por la ficción novelística, como en toda la literatura de lengua castellana, lo que no deja de ser curioso ya que constituye la fundación de lo que somos los latinoamericanos y el suceso más relevante de la historia de la España extramuros. William Ospina llena con su novela un vacío. No han de ser muchos los colombianos que saben quién es Ursúa, ni lo que hizo ni a dónde fue. Ospina nos pone al día situándose a medio camino entre la ficción y la historia. Su narrador, un amigo del conquistador, hace el recuento de la vida de este hombre sediento de aventuras y de oro que anduvo, lanza en ristre, por nuestras montañas, llanos, mares, selvas, sabanas, desfiladeros, ríos y lagunas destruyendo templos y desangrando pueblos enteros, fundando aldeas efímeras, desde San Agustín hasta el mar de los Tayronas, con la única idea de partir un día en busca del tesoro de Tisquesusa, y con su coraza de conquistador incapaz de ver la vertiginosa e inaudita belleza que rodeaba sus ojos, pero, eso sí, conciente de la disculpa hipócrita de la evangelización. Uno de los principales méitos que la novela tiene, para mí, es el contrarrestar la idea que se nos dio en los colegios de una conquista rauda, fulminante, haciéndonos tomar conciencia de la resistencia impetuosa y noble de los indígenas, de las difíciles guerras que debieron emprender contra ellos una y otra vez los españoles; allí está presente también su legendaria concupiscencia con su cortejo de odios y felonías que dieron luz a la guerra intestina con la cual se fundó la colonia y por consiguiente, la historia moderna de nuestro continente. Escrita por un poeta en una lengua delicadamente añeja, la novela que abunda en deslumbradas imágenes de paisajes va resucitando nombres de pueblos, héroes perdidos, leyendas olvidadas, rescatando la dolorosa dualidad de nuestros orígenes, a medida que se adentra en la geografía colombiana, ora por el río de la Magdalena, ora por las cordilleras donde el tiempo parece condensarse en la mera obsesión de un hombre por un tesoro incalcanzable.